jueves, 22 de febrero de 2018

Trastos, cachivaches digitales y educación

Estos días he tenido la suerte de compartir una formación con compañeros docentes de otras etapas educativas, básicamente de infantil y primaria, sobre el uso de herramientas tecnológicas para promover eso que ha venido a llamarse el aprendizaje activo. Así pues, hemos presentado algunos de los proyectos que hemos llevado a cabo en la escuela y hemos trasteado distintas aplicaciones que pueden tener un uso interesante. 

En fin, que compartiendo con los compañeros algunos proyectos y propuestas desarrollados durante los últimos años me vienen estas ideas a la cabeza y aquí las presento, sin demasiado orden ni concierto, todo sea dicho.
  • Que existen innumerables herramientas tecnológicas que nos permiten variar nuestra manera de trabajar y hacer cosas distintas.
  • Que hacer cosas distintas no siempre puede funcionar y, es más, no siempre es necesario.
  • Que conocer nuevas herramientas nos da más alternativas en nuestro trabajo, pero no nos convierte en mejores docentes.
  • Que no investigar y trastear nuevas herramientas o aplicaciones no nos convierte en peores docentes, sí acaso en más pasivos. 
  • Que cualquier propuesta de aprendizaje que convierta en imprescindible una herramienta no tiene demasiado recorrido.
  • Que, sin lugar a dudas, lo analógico tiene enorme valor y merece ser respetado, mantenido y potenciado.
  • Que lo virtual no es demoníaco ni hay que arrinconarlo porque sí, sino valorarlo en su justa medida y adaptarlo a nuestras necesidades reales. (Para los suspicaces: nuestras = alumnado + profesorado).
  • Que las herramientas deben adaptarse a las propuestas de aprendizaje y no a la inversa.
  • Que vincular propuestas de aprendizaje con las necesidades del entorno normalmente ofrece resultados muy interesantes.
  • Que investigar usos de nuevas aplicaciones requiere de tiempo y dedicación y que, por tanto, cabe planificarse para no agobiarse ni volverse loco.
  • Que, precisamente porque descubrir nuevas herramientas significa una importante inversión en tiempo, hay que buscar espacios para compartir lo aprendido con los compañeros: trabajo en red, vamos.
  • Que el alumnado, en general, agradece variar las estrategias de trabajo (o no).
  • Que usar herramientas al tuntún, sin una planificación coherente, solo puede conducir a un fracaso estrepitoso (lo dice un servidor por experiencia).
Por cierto, el taller del cual surgen estas ideas se trata de un plan de formación local donde participamos profesores de los tres centros de educación infantil y primaria del municipio y la escuela de adultos municipal. No parece mala idea poner a trabajar juntos a los docentes de los centros educativos de, en este caso, un mismo municipio. ¡A ver si, entre todos, conseguimos darle continuidad!



domingo, 18 de febrero de 2018

La educación de la estafa

Leo con atención a Moisés Naím en el El País (¿Cuál es la mayor estafa del mundo? La educación) y no dejo de sorprenderme de que discursos tan simplistas y vacíos consigan tanta resonancia mediática y, me temo, tanto aplauso en según qué foros. Plantea Naím, según lo entiende un servidor, que la escuela es un espacio donde se aprende poco, o nada directamente, y que, por si fuera poco, cuesta mucho dinero a los estados. Pues sí, mal que le pese a algunos la escuela cuesta dinero. Hay que pagar a personas para que desarrollen su trabajo y hay que mantener unas infraestructuras decentes para que las personas se puedan formar. Aunque siempre podríamos privatizar el chiringuito, ¿verdad?

Además, como lo tiene clarísimo, el escritor venezolano se arranca y se anima a señalar a los principales culpables de que la escuela se haya convertido en un espacio vacío de contenido. Primero, por supuesto, que "muchos de los maestros son tan ignorantes como sus estudiantes y que sus niveles de absentismo laboral son muy altos". Otra de las causas la ubica en el freno que suponen los sindicatos para la renovación de la profesión. Claro, mucho mejor una educación sin representantes sindicales que torpedeen las innovadoras políticas de los gobiernos de turno. Pero seamos justos con Naím, señala también, de pasada eso sí, que la malnutrición o la falta de medios en según qué países podrían ser también causa del fracaso de la escuela como espacio de aprendizaje.

Y ya puestos, pues se anima a iluminarnos con sus propuestas para solucionar tal desbarajuste. Con un párrafo le basta, oigan. Primero, medir para tomar decisiones. Uno tiene la sensación de que estamos constantemente midiéndonos pero a Naím todas las pruebas, reválidas y diagnósticos del sistema educativo mundial le saben a poco. Es insaciable y quiere todavía más. Como segunda propuesta proclama la necesidad de "darle más peso a la calidad de la educación". No añade mucho más, así que esperaremos un nuevo artículo en El País para ver si profundiza en la idea. Agárrense que para la tercera y la cuarta propuestas que nos permitirán revolucionar el sistema educativo mundial Naím empeña la friolera de tres líneas y media: "Tercero: empezar más temprano. Cuanto más mejore la educación a edades tempranas, más capaces de aprender serán los estudiantes de primaria y secundaria. Cuarto: usar la tecnología de manera selectiva y no como una solución mágica. No lo es". 👏👏👏

En fin, lo dicho, con muy poco Naím se empeña en desprestigiar una institución, la escuela, que sin duda presenta grandes problemas y retos pero que no pueden ser abordados de manera seria con planteamientos tan maniqueos y simplistas como los expresados por el autor venezolano. No negaremos desde la aquí la necesidad de transformación de la escuela en muchos ámbitos, pero responsabilizar al profesorado, sindicatos y a la situación de probreza de determinados colectivos y países resulta una opción muy facilona para alguien del currículum de Naím. Pues eso, lo dicho, mucho ruido para muy, muy poquita cosa.


jueves, 15 de febrero de 2018

Docentes magistrales

En los últimos tiempos las redes sociales andan calentitas con el tema de la innovación y la no innovación educativa. Este (falso, a mi entender) debate normalmente se produce entre dos bandos aparentemente irreconciliables: los profesores tradicionalistas y los docentes innovadores. Los primeros, supuestamente, son auténticos diplodocus defensores de la escuela tradicional (sea lo que sea eso), mientras que los segundos son adalides de las nuevas herramientas y estrategias de aprendizaje, léase metodologías activas, flipped classroom, gamificaciones varias y cualquier metodología acabada en ing (para más información véase Mapa léxico de la innovación educativa para despistados).

En este debate ha habido un recurso o herramienta (supongo que tradicional) que, a mi entender, ha sido puesto en el candelero de manera injusta y simplista. Se trata de la clase magistral. Pregunta Jordi Martí en su Educative Innovéision que "¿por qué no hablamos más de la clase magistral? De aquella impartida por quien sabe mucho y además es capaz de capturar la atención de todos los que le están escuchando. Ser capaz de exponer [...] alguna cuestión de interés y no caer en el bostezo repetitivo de quien se halla delante es algo maravilloso". Y es que estoy totalmente de acuerdo. Escuchar y aprender de alguien que tiene profundos conocimientos sobre cualquier tema y que, además, sabe transmitirlos de manera apasionada y directa puede llegar a ser una experiencia memorable. No se explica de otro modo el éxito internacional de plataformas como TED, donde el formato es tan sencillo como el de una persona hablando durante un rato sobre distintos temas.

Pero claro, como cualquier otra herramienta, la clase magistral necesita de cierta pericia y de un dominio de la técnica notable. Todos hemos sido martirizados con clases-ponencias-charlas-conferencias (anti)magistrales, incluso en congresos y jornadas donde lo que se presentaban eran experiencias supuestamente innovadoras basadas en el aprendizaje activo. Cualquiera no puede dar una clase magistral de calidad, igual que cualquiera no puede trabajar por proyectos o montar un curso gamificado. Toda herramienta requiere de una buena preparación y formación. Y la clase magistral, me temo, no es ninguna excepción. También es cierto que, como cualquier otro recurso, quizá sea interesante combinar la clase magistral con otras herramientas que permitan diversificar las estrategias de enseñanza y aprendizaje. Y es que me parece que no hay recurso que sirva de muleta para siempre y para todo. En este sentido, insisto en la idea del docente como navaja suiza (véase Hooligans, negacionistas y navajas suizas).

Pensaba sobre todo ello y me vino a la mente uno de mis profesores de ciencias sociales durante la secundaria y el COU. Es cierto que visto en perspectiva le detecto un montón de tics de los que intento huir como profesional, pero en aquella etapa nos tenía ganados a todos para la causa. Clase tras clase, el tipo se limitaba a desgranar las claves del temario de Historia del arte del COU paseando de lado a lado de la pizarra y enseñándonos un carro de diapositivas azules de tan quemadas como estaban. Y con tan magros recursos conseguía que una chavalada de 35 personas le escuchara embobada y en silencio sepulcral sesión tras sesión. Un servidor debe reconocer que quizá le dedicó más tiempo al futbolín del que debiera durante los años de instituto, pero nunca en las horas de historia o de historia del arte. Y es que eran clases de disfrute asegurado. Y no creo que fuera un cuestión puramente personal. De aquellas promociones acabamos coincidiendo bastantes alumnos en la facultad de historia de la Universidad de Barcelona y me parece que mi profesor, con su método antediluviano, tuvo mucho que ver en ello.

Pues eso, a lo que iba, retomando las palabras de Jordi, creo que "la clase magistral debe existir. Al igual que existen nuevas metodologías de enseñanza. Combinada con lo que sea pero siempre manteniendo su lugar en un entorno de aprendizaje". Se trata de un recurso que, bien utilizado, es rápido, directo e igualmente válido. Ahora bien, cabe dedicarle algún tiempo para evitar que se convierta en el potro de tortura al que nos han sometido más veces de las que, sin duda, merecíamos (o no). Pues eso, desde aquí mi reconocimiento para esos profes que hacen un uso magistral de la clase magistral y que son, por lo tanto, docentes magistrales. 😉


martes, 6 de febrero de 2018

4 años De vuelta

Pues hoy hace cuatro años publicamos por aquí el primer post de De vuelta. Como decimos siempre, no sabíamos entonces que la cosa daría para tanto, la verdad. Este espacio ha servido para conocer a gente fantástica, para desarrollar un montón de proyectos y, sobre todo, para aprender un montón. Así que muchas gracias a los que alguna vez pasáis por aquí a dar un vistazo y especialmente a los que dedicáis un pedacito de vuestro tiempo a dejar vuestras impresiones. ¡No sabéis cómo se agradece!

Un besazo a todos y aquí os dejo con algunas de las entradas más visitadas en todo este tiempo. ¡Seguimos De vuelta!


miércoles, 24 de enero de 2018

¿Estirando el brazo más que la manga?: el día a día de los centros educativos

Mi abuela lo decía a menudo: no hay que estirar más el brazo que la manga. Donde llegue uno, llega. Y punto. Sin más, porque lo contrario lleva a no cumplir con los compromisos adquiridos, a no hacer bien nuestro trabajo o, peor incluso (según mi abuela, claro), a adquirir deudas que lo mismo no se pueden pagar en un futuro. Así que la mujer lo tenía claro: pasito a pasito y buena letra.

Viene esto a colación de una conversación que tuve con una compañera hace unas semanas. Íbamos a recoger unos materiales a horas intempestivas a una librería de una ciudad cercana y reflexionábamos sobre si no estaríamos estirando más los brazos de nuestro centro que las correspondientes mangas (metafóricos ambos, por supuesto). Era, casi, una pregunta retórica, porque ambos sabemos perfectamente que sí, que el centro quizá lleva un tiempo rindiendo por encima de las posibilidades que ofrecen nuestros recursos. Nos animamos rápido, cierto, y no es extraño que a los objetivos definidos por nuestro plan de trabajo anual vayamos añadiendo nuevas propuestas que nos hacen, quizá, rendir por encima de nuestras posibilidades. Y esto, que (creo que) habla muy bien de nosotros en el sentido de estar abiertos a la vida de nuestro entorno inmediato, también puede ser fuente de cierto "colapso docente".

Obviamente, nosotros no somos ninguna excepción. Esto que percibo con total claridad en nuestra escuela, me parece que se reproduce en la mayoría de centros educativos. Si analizamos fríamente la de actividades, proyectos y programas que se manejan diariamente en los centros educativos y los relacionamos con las condiciones objetivas en las que esos programas se llevan a cabo, lo mismo es que, en general, estamos todos un poco estirando más el brazo que la manga. Y no sé si ello conlleva demasiado beneficio.

Porque quizá:
  • Dedicamos demasiado tiempo a aspectos secundarios que podrían quedarse esperando en cola.
  • Perdemos de vista el objetivo final de todo el tinglado.
  • Creamos una dinámica de trabajo que nos bloquea y nos satura como profesionales.
  • Nos quedamos sin tiempo para la reflexión y para compartir con nuestros compañeros.
  • Promovemos la competitividad (interna, pero quizá sobre todo externa) y no favorecemos la cooperación.
  • Generamos propuestas de poco calado y de escaso valor añadido (se acerca el día de la Paz, ¿cuántas palomas vamos a pintar? 😜)
En definitiva, que me parece que sí, que estamos estirando el brazo más que la manga. Lo mismo deberíamos echar un poco el freno, reubicarnos todos un poco y pensar y reflexionar sosegadamente sobre los programas y actuaciones que estamos implementando. Y, además, propongo reservarnos unas horas para hacer lobby a las administraciones de turno para reclamar unas condiciones de trabajo que nos permitan llevar a cabo todas esas propuestas y mejoras que tenemos clarísimo que serían útiles en nuestros centros. ¡Ese sí que sería tiempo bien invertido!


viernes, 12 de enero de 2018

El mejor docente de la galaxia es un hombre

Estos días se han repartido los galardones a los "mejores docentes de España  del 2017" (sic). La verdad es que entre los premiados aparecen algunos nombres que para un servidor son a menudo fuente de inspiración y, sobre todo, garantía de un trabajo bien hecho y de un enorme respeto por la profesión y por su comunidad educativa. A otros muchos galardonados (el uso del género masculino no es casual, luego hablamos de ello) no tengo el placer de conocerlos, aunque estoy seguro de que la gran mayoría ejercen su trabajo con una profesionalidad fuera de toda duda. En cualquier caso, las redes han ido calentitas estos días debatiendo sobre la cuestión: que si postureo por un lado, que si envidias por otro; que si los premiados casualmente suman miles de seguidores en Twitter, que si los críticos contribuyen a perpetuar un modelo de escuela inmovilista... En fin, el ruido de siempre.

Supongo que para muchos de los críticos las dudas vienen, y seguro que no digo nada nuevo, por el carácter individual del premio. La profesión docente, según la entiende un servidor, es una labor que se desarrolla en comunidad, en la que el individualismo que visibiliza este tipo de premios no debería tener demasiado sentido. Perdón por la comparación, pero pasa un poco como con los premios individuales en deportes colectivos: resulta difícil destacar cuando tu entorno no acompaña. Selecciona al mejor jugador de fútbol del mundo (Messi no cuenta, ese animal es capaz de cualquier cosa) y ponlo en un equipo mediocre. Seguro que sus prestaciones bajarán enteros, qué duda cabe. Pues a nivel educativo me temo que sucede lo mismo. Coge al mejor maestro de España, del mundo si quieres, y ponlo en un contexto educativo de máxima complejidad sin apoyos y sin los recursos necesarios... En fin, que milagros a Lourdes.

Por otro lado, hay profesionales de la educación que consideran que, como mínimo, estos premios contribuyen a visibilizar y prestigiar una profesión tan denostada en los últimos tiempos como es la docente. Pues lo mismo no les falta razón, claro. Siempre está bien reconocer el trabajo de profesores, equipos directivos, blogs, asociaciones de madres y padres y de cualquier entidad vinculada a lo educativo. El problema quizá radica en que esta visibilización se limite a contribuir a la aparición de un modelo de profe-star innovador estrechamente ligado a grandes marcas (editoriales, grupos de comunicación, grandes empresas del sector tecnológico, banca o... ¡clínicas odontológicas! 😲) y que ello arrincone el que quizá debería ser el debate central del panorama educativo: la necesidad de políticas públicas que contribuyan a reducir desigualdades y a mejorar las condiciones de trabajo de muchos profesionales de la educación. Porque unas mejores condiciones de trabajo generan, además de mejores docentes, unas mejores condiciones de aprendizaje, que al final es de lo que se trata.

Y sé de sobra, porque conozco a algunos de los premiados, que no hace falta que nadie les recuerde esto porque muchos de ellos lo viven en sus aulas y en sus centros a diario. Pero también habrá alguno que cegado por los focos o, quizás, por un entorno social y académico menos árido pierda un poco de vista lo verdaderamente importante del asunto y no aproveche estos escaparates para hacer el debido retorno a su comunidad educativa. O lo mismo no, claro, que uno a veces se pone muy enrevesado. Además, tampoco se trata de demonizar este tipo de eventos. A uno puede ser que no le interesen demasiado, pero tampoco se acaba el mundo porque un banco decidar promocionar tal o cual modelo. Quizá deberíamos estar por encima de ello. Y es que a menudo el mejor desprecio es no hacer aprecio...

Y, por último, la cuestión de género. Vamos a los números. No sé, me sorprende que entre los 50 docentes nominados solo haya 9 mujeres y que entre 15 más votados entre todas las categorías solo aparezcan 3. ¡3!  Como diría aquel: "No hase falta desir nada más". Bueno sí, que lo mismo podríamos darle una vuelta a estos de los premios y, sobre todo, que lo de la cuestión  de género no puede esperar ni un minuto más. Porque me temo que en este preciso instante ya hay algún ejecutivo del área de marketing de alguna gran multinacional o fundación pensando en crear los premios al mejor docente de la galaxia y, sabéis qué, no tengo ninguna duda del género del primer galardonado con tan magno honor.


lunes, 8 de enero de 2018

Educación para la igualdad: lista de tareas pendientes

Estos posts sobre coeducación los escribo siempre desde el más absoluto de los miedos respetos. Ya explicaba en (También) soy machista mi posición al respecto. No se trata de ponerse la venda antes de la herida, ni mucho menos, ni de fustigarse simplemente por ser un hombre, faltaría más. Eso sí, creo que desde nuestra posición debemos ser especialmente sensibles respecto un tema en el que, normalmente, el simple hecho de ser hombres nos sitúa en un punto de partida notablemente más cómodo que el de nuestras compañeras mujeres. Por no hablar, por supuesto, de otros colectivos que quedan al margen del tradicional planteamiento binario hombre-mujer.

En fin, viene todo esto a cuento por la necesidad de un servidor de ponerse manos a la obra para evitar que su trabajo en términos de coeducación quede reducido a la simple realización de actividades puntuales más o menos exitosas pero, en cualquier caso, anecdóticas. Se trata, pues, de dotarse de una especie de decálogo coeducativo interiorizado en la propia práctica profesional para contribuir, en la medida de lo posible, a la erradicación de la situaciones de discriminación tan flagrantes como las relacionadas con las cuestiones de género. Así pues, me autosugiero:
  1. Visibilizar el trabajo de las mujeres desde el currículum académico. Un ejemplo. El estudio de la educadora e investigadora Cécile Barbeito Observatori de llibres de text. Anàlisi de la didàctica de les ciencies socials des d'una perspectiva de pau (2017) publicado por el Institut Català Internacional per la Pau detectó que un 93% de los personajes que aparecen en los libros de texto de tercero de la ESO con nombres y apellidos son hombres. Y del porcentaje correspondiente a las mujeres, un 35% no consta por su propio papel, sino como mujer, madre o hija de un hombre. ¿Un 93%? 😖 Me temo que no estamos haciendo un tratamiento demasiado equitativo de la cuestión. Y es que el papel de las mujeres en TODAS las disciplinas académicas presentes en los currículos de turno es, me parece, superior a ese 7% que refleja el estudio en cuestión. Seguro que, en este sentido, podemos hacer mucho por sacar a la luz todo ese trabajo sepultado por el peso del "currículum masculino".  
  2. Crear líneas de trabajo conjuntas para visibilizar y atacar la cuestión de la desigualdad. Se trata de superar el esquema de trabajo individual (y a menudo invisible) en el aula para desarrollar iniciativas colectivas que profundicen en el análisis, reflexión y denuncia. Sin duda, el trabajo transversal y en red entre los miembros de la comunidad educativa va a ofrecer resultados más potentes y efectivos que las acciones individuales que podamos llevar a cabo. Así pues, no parece una mala idea bien sumarse a las propuestas desarrolladas por el resto del equipo, bien comunicar las propias iniciativas para conseguir nuevos socios que las potencien y enriquezcan.
  3. Insistir en la celebración de actividades de concienciación contra la desigualdad. Aunque, a veces, los resultados sean frustrantes y generen la sensación de batalla perdida. No son pocas las propuestas de concienciación que afrontamos desde la absoluta motivación y que acaban, si no como el rosario de la aurora, sí con comentarios, actitudes y reflexiones muy alejadas de los propósitos de la actividad (normalmente, claro, por parte del público masculino -aunque no solo). Bien, cabe seguir plantando batalla y no desistir ante la respuesta de determinados colectivos. De hecho, es precisamente esa respuesta la que debe seguir motivándonos a continuar programando y pensando nuevos modos de trabajar.
  4. Seguir formándonos como agentes de cambio contra la desigualdad. Leyendo, estudiando, atendiendo cursos y formaciones, contactando con asociaciones y/o otros centros que estén trabajando en propuestas concretas... Son muchas las vías para ampliar nuestro bagaje en términos de educación para la igualdad, si bien es cierto que son las distintas administraciones educativas quienes deberían potenciar este aspecto con formaciones prácticas  accesibles al conjunto del profesorado.
  5. Huir de los clásicos estereotipos de género (también) en el ámbito escolar. Es decir, esa visión tradicional del asunto que categoriza a las chicas como "buenas, tranquilas, ordenadas y pulidas" y a los chicos como "fuertes, rebeldes e irracionales". Y es que, aun siendo conscientes de la limitación y de la simplificación que suponen, quizá contribuimos de manera inconsciente a su perpetuación más a menudo de lo que creemos. De hecho, existen numerosos estudios que apuntan que la existencia de estos juicios escolares tiene una influencia notable en el día a día del aula en términos de qué y cómo se enseña, en cómo el profesorado se relaciona con su alumnado, en cómo se organizan los espacios escolares o en la propia concepción que tienen los docentes sobre las habilidades y disciplinas más o menos "femeninas". Esto último tiene una clara repercusión en las trayectorias formativas y profesionales de los jóvenes una vez acceden a estudios superiores. ¿Cómo se explica, de lo contrario, la reducida matrícula general de mujeres en estudios de ingeniería o de arquitectura, por ejemplo?
  6. Comprender nuestras propias autolimitaciones. Porque hemos sido educados en una sociedad con roles de género muy determinados y podemos, sin quererlo, estar contribuyendo a su reproducción. Para evitarlo, pues, debemos autoanalizarnos (sin caer en la paranoia, claro) y tratar de erradicar aquellas conductas y/o pensamientos que no se ajusten a la filosofía de educación para la igualdad que queremos promover. Para ello resulta imprescindible que reconozcamos el sistema de desigualdad imperante y los mecanismos de corrección de la misma. (Aquí volver al punto 4)
  7. Identificar la educación para la igualdad como innovación (de la buena). Porque no hay innovación más potente que aquellas acciones que contribuyen a erradicar situaciones de desigualdad entre las personas. Así pues, habrá que ubicar la cuestión en la lista de tops to-do y, en consecuencia, dedicarle el tiempo y los recursos necesarios para trabajarla en condiciones.
  8. Utilizar materiales alternativos, ajenos a prejuicios excluyentes por cuestiones de género pero también de nacionalidad, edad, religión, etc. Y es que parece claro que muchos materiales pueden pecar de responder a prejuicios y/o estereotipos no tanto por las ideas que muestran (que también) sino por los contenidos o perfiles que omiten.  Porque de todos es sabido que lo que no se nombra no existe. No parece mala idea, pues, hacer una selección de materiales que contribuya de manera efectiva a la sensibilización del alumnado.
  9. Hacer de la educación para la igualdad una cuestión del día a día, que supere el marco habitual de los Días de... para pasar a ser una cuestión estratégica en la gestión del aula y de los centros. 
  10. Atender la cuestión de la igualdad también desde el lenguaje. Y no me refiero tanto al hecho de usar la @ o la x en los plurales, o de doblar constantemente masculino y femenino, sino de tratar de no reproducir las desigualdades de género existentes mediante el uso del lenguaje. Quizá se trate, tan solo, de aplicar un poco de sentido común al asunto y ponerle atención a las palabras que nos nombran para que siempre estemos representados hombres, mujeres y los distintos colectivos que forman nuestra sociedad. A poco que nos esforcemos, creo que podemos hacerlo mucho mejor también en este sentido.
  11. Y por último, (bonus track para el sector masculino), escuchar más, hablar menos, reflexionar más sobre la cuestión y, sobre todo, pasar a la acción

Pues eso, me callo y al lío. 💪